62 años de la televisión colombiana, ¿Algo que celebrar?

La televisión colombiana cumple 62 años y con su estilo Pink Sauce nos hace un recuento de lo que ha sido de ellos durante todo este tiempo.

Opinión: 62 años de la televisión colombiana, ¿Algo que celebrar?
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El 13 de junio de 1954, gracias al esfuerzo del General Rojas Pinilla y de un visionario como Fernando Gómez Agudelo, Colombia conoció la televisión. 62 años después, y a casi 18 años de la puesta en operación de los canales privados Caracol y RCN, y en medio de especulaciones sobre la adjudicación del Canal Uno para 2017 y del Tercer Canal Privado, poco es lo que podemos celebrar.

En las mañanas de lunes a viernes, magacines de sofá o la oda a la intrascendencia. Donde cada día es prácticamente un calco del otro. Cuánto daño nos produjo el modelo de En Vivo (1995-2000). Telenovelas de toda laya sin juicio ni beneficio y noticieros sin rumbo hacen el aderezo matutino que nos lleva a la franja del medio día, donde Caracol y RCN compiten en quien hace el noticiero más largo e insulso: entre la aparente indefinición política del primero y el abierto conspiretismo del segundo, los televidentes no tienen muchas alternativas de informarse, salvo que sea con la sumatoria de videos de seguridad varios, los aportes menesterosos de gente que cree ser “periodista” o la enésima entrevista a alguien del Centro Democrático para oponerse a algo. Preferiblemente, Paloma Valencia.

En las tardes, que otrora educaban con programas como El Tesoro del saber, Plaza Sésamo o Ver para aprender, nuestra TV privada abierta solo pasa telenovelas: Turcas, mexicanas, dramatizados nacionales de tres centavos o viejas glorias del rating. No hay otra estética en las tardes que no sea el culebrón.

Las noches son para repetir en una hora las noticias menos malas, en el habitual menú desde La Floresta y Las Américas: Sangre, escándalos de corrupción, algo de noticias internacionales, goles y los maniquíes de siempre balbuceando que su canal “nos mueve la vida” o es “nuestra tele”, sirviendo de preludio del reality que viene, casi religiosamente, a las 8. Realities que buscan que el público vote o por la historia más lastimera, salvo que quieran vivir en el ostracismo del poderoso caballero que es don rating. Y más novelas: Antes, gozábamos con la innovación en libretos y buenos elencos como con Café, Pecados capitales, El último matrimonio feliz o San Tropel. Hoy, algunos hasta compiten contra sí mismos en ambos canales, aun teniendo talento… pero de aquel que cantaba Willie Colón.

La telenovela colombiana, que logró abrirse paso entre los ochentas y noventas frente a las entonces todopoderosas producciones mexicanas y venezolanas, hoy se encasilla en la manida fórmula de la bionovela de cuanto delincuente o cantante haya parido nuestra tierra (o incluso los que no), en refritar las series semanales gringas metidas a los empujones en clave de telenovela latina de lunes a viernes, o peor aún, novelas argentinas o chilenas, a menudo tan extrañas de nuestra idiosincrasia.

Ni hablemos de los fines de semana: Prácticamente, nadie quiere pensar en los niños, como reclamase Helena Alegría en Los Simpsons. Para ellos, es mejor ver la enésima repetición de los programas de Chespirito o de los Cuentos de los Hermanos Grimm. Pero sí estamos pendientes del chisme de la misma farandulilla de medio pelo, ora con Mary Mendez y su redil, ora con La negra Candela y sus secuaces. Donde un canal pretende ignorar al otro, o si lo menciona, es para criticarlo ferozmente. Más tarde, el rating por inercia hace que un programa de humor donde el comediante se ríe antes de terminar el chiste o donde se hace la parodia de la telenovela de turno lidera, ante la ausencia de una competencia de calidad. O al menos, de una competencia.

Los domingos, la fórmula cambia hacia magacines donde el amarillismo es la regla general, o donde se repiten más películas. Y así cerramos una semana para que siga la otra. Ni hablemos de los días festivos, que nos hacen pedir a gritos que llegue el día hábil. O las narraciones deportivas que compiten por ser la más ordinaria y sectaria, en un país donde el futbol opaca todos los demás deportes, que solo figuran si un colombiano gana algo.

En la TV pública puede haber mejor enfoque informativo, pero no hay televidentes, y prácticamente, tampoco hay pauta. O hablemos de TV institucional, esa que casi nadie ve, porque aburre hasta a las piedras. Aunque la TV cultural saca la cara en términos de calidad, con producciones de vanguardia como Los Puros criollos, Puerto papel o Cuentos de viejos, poco se puede hacer ante la creciente y masiva huida hacia los servicios de streaming o Tv por suscripción. Es “TV de calidad para la inmensa (pero más ilustrada) minoría”.

A veces me pregunto qué dirían Rojas Pinilla o Gómez Agudelo si vieran nuestra TV actual. Tal vez dijeran, parafraseando al padre García-Herreros “Dios mío, en tus manos colocamos esta bionovela que ya pasó, y el refrito que llega”.